Hector Rodolfo Baley

Reportaje publicado en revista El Grafico Nº 3260, 30 de marzo de 1982

CONTRA ALEMANIA, BALEY ENTREGO LO MEJOR, CORTO LAS DUDAS, GANO APLAUSOS…

 

TAPÓ EL PASADO, ATAJÓ EL FUTURO

 

Íbamos conversando, cerca del mediodía, a orillas del Paraná. El viento frío le borro de un manotazo las últimas huellas del sueño que se había ganado. Primero dijo en broma:

-Después de este partido creo que voy a dormir tranquilo por un mes.

Después se puso serio:

-Estaba necesitando una actuación como esta. Ya no podía más. Hasta Viviana, mi mujer, estaba empezando a dudar de que yo pudiera ser arquero. Mira que raro: me había acostumbrado a tomar un tranquilizante para descansar bien la noche anterior a un partido, pero esta vez no tuve necesidad dormí fenómeno.

Baley iba de la mano de Jonathan, su hijo, que ese día cumplía cuatro años. En la casa de sus suegros había quedado Ayelen –“Alegría” en un olvidado idioma indio-, la hija menor. El frío encrespaba las aguas y le había quitado al arquero la posibilidad de montar su lancha y meterse por algún recodo para pescar. La distancia que lo separaba de su Bahía Blanca natal le impedía ir en busca de jabalíes que le permitieran ejercitar su otro gusto, la caza. San Nicolás, silenciosa, invitaba a charlar deteniéndose en detalles, volviendo atrás si fuera necesario, desmenuzando, yendo al fondo. Había tiempo.

-En Puerto Comercial de Bahía Blanca, donde empecé, jugaba de cuatro o de siete; jugaba al básquet, al voley, a todo. Pero lo que menos me gustaba era el futbol. Somos cuatro hermanos y como papá era arquero y a ninguno de nosotros nos tiraba el puesto, un día pensé que alguno tenía que darle el gusto al viejo. Fui al arco y me quedé.

Anduvimos despacio entre silencios y confesiones, buscando un lugar donde sentarnos. Baley dijo que quería ser sincero, que había deseado que no lo visitáramos porque no le encontraba mucho sentido a la nota, que no la merecía porque no había hecho nada, que le disculpara la sinceridad. También confesó su timidez y estábamos en eso cuando le pedí que hablara de su puesto, de lo que significa ser arquero.

-Es una experiencia hermosa, pero también cruel. Uno participa de un juego colectivo pero esta solo. Es un puesto raro, ingrato. Un jugador se equivoca cuatro veces y no pasa nada; el arquero se equivoca una y su equipo pierde, o no gana. Hace unos días en una práctica de la Selección, Gallego hizo de arquero y después me decía lo difícil que era, lo distinto que se veía desde adentro. Y es así. Desde afuera parece más fácil. Date cuenta: tenes que cuidar una cosa que esta detrás tuyo, ni siquiera la tenes adelante…es un puesto de locos, o de bobos, como dicen algunos. El otro día, cuando Calderón hizo el gol lo tuve que festejar solo: todos los muchachos abrazados y yo ahí, en el área, levantando los brazos. Cuando le dieron esa patada a Maradona tenia ganas de ir al medio para encontrarme con el que le pegó, pero ni siquiera podes devolver un golpe.

Me decía de su admiración por Poletti, de la fuerza anímica que tenia y que su ideal de arquero es una mezcla entre aquel y Fillol.

-Fillol es un milagro de potencia física. Yo creo que técnicamente sé mas que el, pero tengo que reemplazar sus reflejos, sus piernas, pensando, anticipando la jugada, tratando de simplificarla. ¿Sabes quien me gusta?, el arquero alemán, Schumacher. Cambiamos camisetas y guantes. Me gusta, tiene algo del estilo que yo quiero; si el equipo no lo necesita nunca le pega arriba, saca corto, juega, sabe, ése sabe.

Ya estamos sentados frente a un vino que quite el frío y que empiece a llamar los recuerdos más cercanos.

-Es increíble, pero Menotti nos anticipo como iba a ser el gol de los alemanes. En la charla técnica nos marco a Hrubesch, Foerster y Briegel como los cabeceadores más peligrosos. Nos dijo que a ellos les alcanza con desviar la pelota porque los demás están muy atentos y si les cae cerca les dan al arco sin dudar. Y así fue, le rozó a Hrubesch y el “6” le pego con un fierro. Como estaría de preocupado que por un segundo pensé que  había sido culpa mía. Pero cuando saque la pelota del arco reconstruí la jugada y me di cuenta que no. Después en el vestuario Barbas me dijo que la pelota lo había rozado. De todas maneras, entraba, fue un tiro, pero un tiro en serio.

El primer plato se enfría; la conversación deriva hacia Pagnanini, que es de esos pagos; hacia Forteis aquel marcador de punta de Estudiantes del que saco una amistad y el nombre indio para su hija; hacia Sivori, ese ilustre nicoleño, hacia Patricio Hernández, cuya familia también es del lugar y el que habla mal de un Hernández en San Nicolás tiene que defender lo que afirma a trompadas.

-¿Menotti? Yo creo que no hace falta andar aclarando la amistad a cada rato. Con el hablamos poco, pero nos entendemos muy bien. En el vestuario me dijo que no quería un Baley distinto; que hiciera lo que sentía, que si quería salir a jugar con los pies que lo hiciera. Eso me hizo bien. Yo no se, a veces pasan cosas raras. En una de los últimos entrenamientos antes del partido, Menotti y Poncini me mataron a pelotazos y las saque todas. El flaco se me acerco y me dijo “¡muy bien, Chiche!” y nada mas. Creo que es la primera vez que me felicita.

Íbamos por el segundo plato. Algunos chicos se juntaron para verlo a través del vidrio. Baley miro a Ricardo Alfieri y dijo que para saber desde afuera si el esta concentrado o no, hay que observar si habla con los fotógrafos. Si lo hace esta metido en lo que pasa; en cambio, si se lo ve aparentemente concentrado en el juego, lo más probable es que este pensando en sus hijos, en Bahia Blanca, en la caza o la pesca.

-Soy así, distraído. En ese sentido no soy buen profesional. Yo no tengo derecho a entrenar como un loco en la selección y volver a mi club para trabajar menos de la mitad. De una buena vez tengo que cambiar eso. ¿Ves?, en estos lindos momentos que te da el futbol me doy cuenta de los años que perdí entre amarguras. ¿Para que, si pude pasarlo mejor?

Cuando el café humea aparece en el periodista una pregunta al comienzo confusa, temerosa. Baley la hace fácil. Tiene que ver con su piel, con su ser de hombre negro. Y me cuenta que no tiene problema en hablar de eso. Realmente tuvo problemas con su negritud; hubo una época en que creyó que su color lo separaba de la gente, lo hacia distinto y hasta antipático. El complejo fue desapareciendo.Viviana, su esposa, asistente social, fue el bastón en que logro apoyarse para salir de esa absurda convalecencia.

-Me gustaría saber cual es mi origen, el de mi apellido. Creo, pero no estoy seguro, que mis antepasados eran de una colonia inglesa. Mi abuelo era negro.

Con el primer cigarrillo le pregunto si alguna vez se le ocurrió ponerle un acento a la “a” de su apellido. Sonríe. Suena muy ingles, tanto como el bíblico nombre de su hijo.

-Si, entré muy, pero muy nervioso. A mi no se me nota, me trago los temblores. Es cierto, la gente empezó aplaudiéndome casi como una cargada, como en Mar del Plata, contra Checoslovaquia; después aplaudían en serio y me tranquilice definitivamente. Soy un tipo violento, aunque no parezca; cuando juego al medio en la Selección le pido a los muchachos que no me empujen, que no me den patadas porque tengo miedo de reaccionar mal. Estoy cambiando; mis hijos me están transformando, pero a veces no puedo contenerme. En Mar el Plata, cuando me gritaron segundón de Fillol desde el otro lado del alambrado, aguante un rato, después exploté y tuvieron que agarrarme. Tuve la satisfacción de que los que rodeaban a ese tipo terminaron señalándolo. Era un cobarde.

Volvemos a su casa. Fotos con la familia. Que mejore el tiempo para ir a pescar. Que a Chocolate (para sus amigos porteños), que a Chiche (para quienes lo conocen de Bahia Blanca), le siga yendo así. Nos despedimos. Insiste en que no puede creer que hayamos viajado doscientos cincuenta kilómetros para verlo. Dice gracias como si hubiésemos hecho algo por él cuando en realidad hemos hecho algo (esta nota) a causa de él.

 

Carlos Ferreira

 

 

 

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